Hace algunos meses caminando por un bosque de almendros en la Sierra de Espadán mi prima Clarisa me relató la leyenda que voy a referiros:

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo e induce a la locura aunque también era ambiciosa, tan ambiciosa que sería capaz de cometer cualquier barbaridad por dinero. El la amaba, la amaba con ese amor que no conoce frenos ni límites; la amaba con ese amor en que se busca el goce y sólo se encuentran martirios. Ella se llamaba Elena de Sandoval y él Alejandro Espinosa y ambos vivían en Eslida, un pueblo que se hallaba en la Sierra de Espadán, en medio del bosque. Alejandro tenía como profesión botánico y se dedicaba al estudio y ordenación de las plantas autóctonas. Elena, era ama de casa y ayudaba a su padre con la quesería. Ambos estaban comprometidos en matrimonio y la boda se celebraría el 7 de julio de ese mismo año (1828).

_¡Ya viene, ya viene! Gritó la pescadera y todo el pueblo rodeó el carruaje del nuevo habitante. Era un hombre feo, egoísta, de esos que consiguen siempre lo que quieren y sobretodo era rico, más rico de lo que cualquier persona pudiera soñar. Las viejas del pueblo decían que había venido en busca de esposa y al parecer no estaban equivocadas. Se llamaba Ernesto López.

Pocos días más tarde, Elena bajaba por la calle Mayor con un cántaro de leche entre las manos y fue a tropezarse con Ernesto. El cántaro cayó al suelo, él se dispuso recogerlo para entregárselo cuando sus miradas se cruzaron, una explosión de deseo, sensualidad y pasión se reflejó en las pupilas de Ernesto, ella se percató y una cruel idea se le pasó por su desquiciada mente.

Al día siguiente Elena habló con Alejandro y le dijo:
_Nuestra relación ha finalizado, lo siento pero he encontrado un hombre mucho mejor que tú que no pierde el tiempo inútilmente cuidando y ordenando plantas.
Alejandro le respondió con el corazón en la mano:
-¡Dinero , nada más que dinero!. ¡Maldito dinero que corroe a cuantas almas puras se maravillan de su poder!, decía entre lágrimas el pobre desgraciado. Alejandro corrió al bosque y allí rodeado de las plantas y árboles que tanto amaba se cortó las venas de las cuales brotó un mar de dolor y impotencia por no haber podido cumplir el deseo de su vida.

_Ernesto, esta mañana he perdido el anillo de brillantes que me regalaste por el 25 aniversario de nuestro matrimonio.
_¿Qué?, no es posible que lo hayas perdido.
_Yo tampoco lo creo, pero es así, mientras volvía del palacio de los duques de Rodrigo sentí como si alguien me robara el anillo, y cuando me di cuenta ya no lo tenía entre mis dedos.
_Seguramente se te habrá caído por el camino. ¡Qué mujer! Anda ponte el abrigo y vamos por él.
Salieron los dos cónyuges de su casa y se dirigieron a caballo hacia el bosque. Una vez allí emprendieron la búsqueda del codiciado anillo. El sol empezaba a declinar, era una tarde gris y lluviosa, el frío te acariciaba los huesos. Los almendros desnudos se retorcían en su soledad, la nieve besaba los árboles fundiéndose en sus retorcidas ramas y una extensa alfombra de hojas secas que crujían a cada paso cubría el suelo.

Elena, mientras buscaba el anillo se fijó en un almendro muy especial, a diferencia de los demás este estaba lleno de flores y se mostraba en todo su esplendor. Elena pensó que podía deberse a la fuente que se hallaba a sus pies aunque no quedando satisfecha con sus razonamientos se acercó para curiosear. A medida que se acercaba quedaba como hipnotizada por su excepcional belleza. Hasta que un leve grito de exclamación salió de su boca. Elena se fijó en una de sus floridas ramas y allí estaba colgado el anillo de diamantes que andaba buscando.
_¿Cómo habrá llegado hasta aquí?, se preguntó Elena.
Pero cuando se dispuso a cogerlo un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas Un gritó ensordecedor agudo y desesperado inundó todo el bosque. Cuando Elena extendió el brazo para coger el anillo, el cadáver pálido y frío de su prometido, Alejandro, salió del interior del árbol, clavando sus uñas a la cintura de Elena y llevándosela al interior del almendro, solamente un brazo de Elena quedó fuera del tronco, el cual inmediatamente se convirtió en una rama más del maldito almendro.

Ernesto, que oyó el grito desesperado de su esposa acudió en su auxilio lo más rápidamente posible, perdiéndose por el bosque y acudiendo al fin al lugar del crimen. Había anochecido y Ernesto se encontraba exhausto, así que se dispuso a beber de la fuente que se hallaba a las faldas del almendro. Pero cuando se puso el agua a la boca la escupió inmediatamente
_ ¡Sangre! Exclamó, viendo que con la sangre que había escupido se hallaba el anillo de su esposa, no le dio tiempo a cogerlo, la tierra se lo trago.
El agua de la fuente se había convertido en sangre, en la sangre de su esposa. Su cuerpo se inundó de terror y corrió despavorido por todo el bosque buscando el camino de regreso. Encontró el pueblo al amanecer y sin articular palabra se fue de Eslida dejando a sus hijas abandonadas y nunca nadie supo de él.

La gente del pueblo cuenta que el alma de Alejandro con el cuerpo ensangrentado de su prometida en brazos aún se puede ver merodeando por el bosque alrededor del almendro que siempre está en flor durante los atardeceres de invierno.

Cuando mi prima terminó de narrar la leyenda me llevó a una zona del bosque donde pude observar el almendro que siempre está en flor, junto a una fuente de aguas cristalinas. Yo no sé si esta leyenda será verdad o mentira lo que si puedo aseguraros es que aquél almendro estaba en flor mientras los demás se hallaban sin hojas.

Por Julio Rodrigo y Frías