EL MILAGRO DEL SANTO
Yo no sé si esto es una historia verdadera o no, lo único que sé es que mi abuelo se lo contó a mi padre y mi padre a mí. Como no tengo nada que hacer y no puedo dormir, os la contaré de la misma forma que me la contaron a mí, en una noche de insomnio.
I
Sobre el Belcaire, un río seco, sin agua, lleno de piedras, que con la fuerza de la naturaleza hacía que determinadas épocas del año se alteraran los elementos climáticos y produciera un desastre natural. Uno de ellos era el desbordamiento del río dando un aire tétrico y horroroso con toda la gente corriendo, huyendo del desastre.
En la época que nos referimos, de plantas bastante abandonadas y descuidadas, las montañas dando un aire siniestro. Las plantas trepadoras, haciendo de serpientes, rodeando el Quercus Serum, haciendo que las dos plantas se hicieran una. La Madreselva con sus flores pequeñas y hojas también de esta forma adornaba el bosque de una manera especial y quitándole ese ambiente terrorífico que por él mismo ya tenía. Las herbáceas no muy bien cuidadas por las pisadas sin compasión de los seres humanos, sin preocuparse por esas vidas que están matando, pasaban por aquellas zonas y destruían a su paso todo lo que estaba a su alrededor. En los huertos y parcelas, cuyos senderos no hallaban hacía muchos años, las plantas de los religiosos, la poca vegetación, abandonada de así misma, desplegaba todos sus galas, sin temor de que el hombre le echara una mano.
II
Era de noche, una noche de verano, templada, llena de perfumes y rumores apacibles, y con una luna blanca y serena en mitad de un cielo azul y luminoso.
Paseaban por el campo, serenos, agradecidos por poder disfrutar de esa tranquilidad tan dulce. Había tres personas, dos adultos y un niño de aproximadamente un año y medio. El padre, Antonio, hombre adinerado bastante joven con ganas de disfrutar de su tiempo libre y de su familia, cosa que la mayoría de los días y de las semanas no podía hacer, hablaba con su esposa, Celia, mujer acostumbrada a tener todo lo que quisiera a su alcance sin ningún esfuerzo, mientras su hijo de cuyo nombre no me acuerdo y tampoco voy ha hacer mucho esfuerzo, intentaba caminar entre las plantas herbáceas cuyas texturas eran tan suaves como la piel de dicho bebe. Cuando la tarde empezó ha hacerse oscura decidieron seguir el camino hacía su hogar.
III
Por fin, después de un largo recorrido, llegaron al hogar, cuando se dieron cuenta que el niño no estaba con ellos. La madre pensaba que iba con el padre y el padre pensaba lo contrario. Asustados delante de dicha situación, nueva para ellos, ya que no pasaban mucho tiempo con su hijo, pensaron en volver a ir al bosque porque tenían miedo de que alguien se enterara y corrieran las malas lenguas por la población. Estaban muy nerviosos ya que habían caminado mucho y podía estar en cualquier parte.
La madre cada vez más asustada, lloraba y lloraba sin poder parar. El padre abrazándola e intentando tranquilizarla pero sin ningún resultado, ya que se pasaban la ansiedad mutuamente.
Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando los padres se retiraron al oratorio. El bebé no volvía, no volvía, y, pensaron en salir al bosque igual lo encontrarían gracias al llorar del niño, agudo, frío, con miedo…
Los padres decidieron ir a buscarlo, con la esperanza de algún milagro. Huyeron de la casa corriendo, sus cabezas querían adelantar más de lo que realmente sus piernas podían. Se acordaron de que habían visitado una cueva con un santo en su interior y pensaron que podían encontrarlo allí.
Corrieron, corrieron y siguieron corriendo sin parar. Llegaron a la cueva y efectivamente allí estaba, sonriente, tranquilo como si hubiera estado cuidado por alguien, ese alguien… no podía ser, el santo estaba justo a su lado, marcándole el camino hacía sus padres.
IV
Dicen que después de esto, cada año el día de este suceso, el santo revive como aquel día milagroso y hace que cada niño se haga un poco más feliz de que era.
BEATRIZ HONRUBIA PERIS
