La noche de San Juan estábamos las dos en casa. No podíamos dormir y nos desvelamos. Fuimos a sentarnos junto a la chimenea, y mirando el fuego, Cristina recordó una vieja leyenda muy conocida en el pueblo de su abuela. No sabíamos si era verdad o mentira pero decidimos no volver a saltar la hoguera nunca más. Nosotras os contamos la leyenda, saltar o no está en vuestras manos.
En un bosque no muy lejano de aquí, tenebroso, cuyas plantas, vegetación y árboles desplegaban toda su hermosura, sin temor de que el hombre las dañase, ocurrió todo.
Las plantas trepadoras subían por los troncos de los alcornoques como una serpiente que captura a su presa, las aliagas brotaban por todas partes y las piedras estaban recubiertas de musgo.
Algunos niños correteaban por el bosque buscando leña para la hoguera, mientras los otros preparaban todo para encender la gran hoguera de San Juan junto a un riachuelo cuyas aguas fluían puras y cristalinas.
Los muchachos impacientes por saltar la hoguera le prendieron fuego. Las llamas ardían ferozmente mientras los niños corrían a su alrededor y contaban historias de miedo.
Al anochecer la hoguera ya era lo suficientemente baja para saltarla y los niños más valientes comenzaron a saltarla hasta que ocurrió lo que nadie esperaba. Miguel, un niño tímido y delgaducho se negaba a saltar la hoguera por miedo a no llegar al otro lado. Laura, la niña que le gustaba, al ver que Miguel no saltaba fue a hablar con él y le dijo que si saltaba a cambio le daría un beso. Miguel motivado por su recompensa corrió decidido hacia la hoguera, con tan mala suerte que no cogió el suficiente impulso y cayó dentro de ella.
Los niños aterrorizados por los gritos de dolor de Miguel, corrieron en busca de ayuda.
Cuando llegaron con ayuda, ya era demasiado tarde; Miguel estaba completamente carbonizado. Sólo quedaban sus gritos de dolor en el aire.
Desde entonces, cada noche de San Juan cuando los niños des pueblo saltan la hoguera en el bosque, corren rumores de que a medianoche Miguel ardiendo entre las llamas absorbe al niño más cobarde del lugar que se acerque a la hoguera sin dejar ni rastro de él. Mientras en el bosque Miguel se cobra otra víctima, en el pueblo se oye en el viento un gemido prolongado y triste.
Cristina Orosia Bonillo
Alejandra Garcia Lopez